Si tú me cantas

“En cambio si tú me cantas, mi vida, yo siempre vivo, yo nunca muero”

Andrés Henestrosa

 


Stephany Caso Alfaro | Cuento | Cultural Vox


 

Al son de la llorona, la marimba sangraba mi tierra de raíz y cafetal, mientras el viento acariciaba mis mejillas evidenciando tu presencia a mí llegada a pueblo santo, tomaste cálidamente mi mano como siempre, como nunca. -Ausente, olvidadiza- me decías –No me sueltes, caminemos, hallaremos el lugar, pero antes vaguemos, imagina ser quienes fuimos, busquemos las huellas de los pasos, no perdamos el camino-

Sin dudarlo, me sumergiste en ideas sonámbulas, me percate de sonrisas, avanzamos lentamente por el cuarto blanco, decidimos sentarnos exhalando el aire fresco y claro yo absorbí tu pureza, al fondo percibí luces brillantes, la habitación se fue expandiendo como abriéndose por fragmentos, entre grietas fue creciendo el sendero que conducía a la nada, los cuerpos eran volátiles para entonces, quise voltear, apretaste mi mano –No temas, pronto lo sabrás- ¿Saber qué? –Le pregunté- y sin recibir respuesta me dejé llevar con miedo aún.

La sorpresa de encontrarla después de tantos años, para ser exactos seis años o seis siglos de ausencia como la canción de tu juventud, era demasiado para mí, encontramos el camino, la dirección era incierta el olor a tierra mojada, a cinco negritos, alas de ángel, geranios y rosas, se adhirieron como esencias a mi olfato. El viento soplaba con sinfonía “Muere el sol en los montes…pues la vida en su prisa nos conduce a morir” sin parar habían pasado horas, te miraba hipnotizada, completa, serena y feliz, recordando la infancia, la juventud quebrantada por tu huída.

Vi a lo lejos una escoba, quizá la que bailaba sola en el cuarto el día…aquel día que ya conoces bien –repetí en voz baja- sé que lo escuchaste, no importó, por el contrario apretaste con más fuerza, casi al llegar observé tu rostro conciliador, con las arrugas de siempre y las comisuras en los labios, ancha nariz que achataba tu rostro, ojos vencidos con lentes prominentes que distorsionaban levemente tus lágrimas disimuladas por la brisa, que al sentirla supe que habíamos llegado, atónita me perdí en tu rostro sin disimulo, no logré escuchar la última de tus palabras, apenas alcanzaba a comprender por mirarte a detalle.

Definitivamente llegamos, se fue abriendo paso entre la arena a las olas, increíble era que ante mis ojos el oleaje del mar sobrepasaba nuestros cuerpos, tocamos tierra firme después de tan cansado viaje, nos sentamos sobre la fina arena y a la vez pesada, que se metía entre mis dedos.

¡Has llegado! –Exclame- Soltaste mi mano, te levantaste a alegrar mi corazón, cual danzante tomaste tu enagua blanca que combinaba a la perfección con el huipil bordado de jacarandas, que configuraban con vehemencia tu emotividad, una tortuga se atravesó en el camino fue impresionante escuchar a la tortuga del arenal bailar su propio son a tu lado.

Descansamos, reímos, vimos pronto ocultarse al sol, no sólo el cielo enrojeció, también lo hicieron mis ojos, supe al momento nuevamente te irías ¡Madre mía! recité sollozante, repentina y serena susurró:

Mijita, te ofrezco mi compañía, aun no es el momento quise mostrarte el lugar- Nuestras manos comenzaron a separarse incontrolablemente, te distanciabas cantando:

“No me llores, no,

no me llores no; 
porque si lloras yo peno,
en cambio si tú me cantas, mi vida,
yo siempre vivo, yo nunca muero…

Te escuchaba y seguías alejándote, fue inevitable no llorar, seguía escuchando en la lejanía

“En cambio si tú me cantas, mi vida, 
yo siempre vivo, yo nunca muero”

 Te perdiste al instante y el eco repitió Yo nunca muero.

Quedé sola y paralizada cual frágil niña y tendida en la arena, con espasmos en el cuerpo la angustia provocó el parpadeo en mis ojos, desesperada movía los brazos, me detenía el tiempo, lloré y sentí caer, el mar se abrió, el cielo me absorbió, sentí la suavidad de las nubes, creí había llegado el momento, grité, lloré, deshice, maldije y de pronto… Abrí los ojos, la madrugada abrió paso al frío invierno, la habitación reapareció, blanca, sola, vacía, era un sueño. ¡Has muerto! –Grité desesperada- ¡Has muerto! ¡Has muerto!

Susurró de nuevo: “En cambio si tú me cantas, mi vida, yo siempre vivo, yo nunca muero…” Ahora sé que desperté a la realidad. No me llores no, no me llores no. Con la Martiniana, la mañana comenzó.

Canción citada: “La martiniana” de Andrés Henestrosa.

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